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07 octubre 2013

Remar

Todos los que me conocen, o me leen, saben que mi relación con los deportes es de todo menos fluida. Tengo mi pequeño ataque de operación bikini masculina que suele acabar con dos o tres de semanas de mala leche por no comer mucho pan, pero tras esas dos semanas vuelvo a comer como si fueran a declarar el pan ilegal.

El problema llega al principio de mis vacaciones. Como si fuera un instinto animal, tan inútil como el que lleva al avestruz a enterrar la cabeza, a mi me da por querer remar. Cada vacaciones es lo mismo, allá donde vaya tengo que buscar un lago, rio, mar en el que pueda alquilar un kayak y remar. No estoy loco del todo, es por una sensación: cuando consigues llegar a un remanso del río, donde no hay nadie más, sólo tú, tu barca y los mosquitos, solo se oye el remor del agua que va golpeando suavemente la barca, el sol se refleja en el agua colándose entre los arboles que te rodean donde algunos pájaros pían en busca de pareja. Ese es el momento. ¿A que ahora os han entrado ganas de ir alquilar un kayak? Pues el precio de ese momento son dos dias de agujetas en los brazos.

Este año estuvimos de vacaciones en Asturias, vinieron mis padres también, y aquí la elección era clara: Había que hacer el Sella en canoa. Mi padre es extremeño, yo soy medio extremeño. Para que os hagais una idea de lo que pasa cuando le pides algo a un extremeño solo os diré que las estatuas de la Isla de Pascua fue uno que le pidió a un extremeño que le hiciera un busto. Somos exagerados, yo la mitad que mi padre por eso. Cuando fuimos a buscar una compañía que nos alquilara las barcas encontramos algunas que hacían el recorrido de seis kilómetros, otras de doce y una de diecinueve. ¿Cual cogimos? ¿De verdad que hace falta que responda a esto?

Preparados para los casi veinte kilómetros que teníamos por delante, con nuestros chalecos salvavidas, los bidones con un mustio bocadillo y el remo de más de dos metros. Podíamos haber cogido una barca para los dos pero somos extremeños y cogimos una barca para cada uno. Todos los chicos que estaban para atendernos tenían cuerpos como si los hubiéramos interrumpido de una sesión de fotos de calzoncillos Calvin Klein, esto me tendría que haber hecho pensar que lo mismo hacía falta algo de forma física para hacer los veinte kilómetros. Pero ¿he dicho ya que somos extremeños?

Gracilmente me encajoné en la barca y saltamos a río. Una de las características de un rio, una a tener cuenta, es que el agua se mueve y que si se mueve rápido quiere decir que hay piedras cerca de la superficie. A los pocos metros de la salida vino el primer rápido. Antes de llegar a un rápido tienes ese momento de calma en que lo ves, decides por donde crees que es el mejor sitio para pasar, orientas la barca hacia ese punto y entras de culo justo por el lado contrario. En este primer rápido me quedé sobre una roca, al balancearme para volver al agua la barca se inclinó lo suficiente para pasar suavemente sobre el agua y llegar a la zona calmada el problema es que yo ya no estaba montado encima. Me había quedado con las rocas dándoles patadas con la espinilla, cuando estuve seguro que de que habían aprendido la lección me fui nadando hasta mi barca con ese estilo tan pulido y estéticamente impecable que da el nadar con chaleco salvavidas.

Salvamos unos cuantos rápidos más, yo seguía sobre la canoa y mi espinilla estaba hinchada en su justa medida. Llegamos a una zona con bastantes corrientes, un par de rápidos y un tronco justo enfrente saliendo del agua. Mi padre se adelantó hizo los dos rápidos con bastante buen estilo, es que aprende rápido el puñetero, y se fue directo contra el tronco a bastante velocidad. Intento esquivarlo pero en vano, le dió con el lateral de la canoa, volcó y desapareció en el rio. Fue un momento, al segundo salió disparado sin nada más dañado que el orgullo. Al ver que estaba bien hice lo que todo buen hijo haría, reirse. Después entré yo en los rápidos, bastante bien he de reconocer. Pero como todo buen hijo me lancé contra el tronco y también volqué. El Karma dirán algunos, falta de habilidad digo yo.

La primera hora pasó con muchos momentos que hacían que valiera la pena el tener la pierna dormida de mi patada a la piedra y haber volcado ya un par de veces. 

Llegamos a la salida del kilómetro doce. Donde, según estimaciones, unas tres mil barcas iban a salir. El río era como una batalla campal, golpeando y siendo golpeado por remos, bajando por rápidos atascado entre dos barcas.

En uno de los rápidos decidí que hacía ya bastante que no volcaba así que primero me lancé contra una roca que sobresalía como medio metro por encima del agua en mitad del rápido. Mis conocimientos en volcar me habían enseñado que cualquier movimiento que inclinara la barca lo más mínimo haría que la fuerza del agua volcara la barca y las rocas y yo volveríamos coincidir en el mismo espacio tiempo. Los momentos en la vida en que sabes que te vas a dar una que recordarás para contársela a tus nietos no tienen precio, se te pasan pensamientos como "¿Por qué no llevo casco?". Tras un par de movimientos humillantes pegando saltitos en la barca esperando que se moviera sin inclinarse decidí, como el suicida que da el paso, que clavaría el remo en el fondo del río empujaría la barca y con el remo clavado y mis brazos herculeos mantendría la barca lo suficiente como para enderazarla sin volcar. Me salió bien el principio, clave el remo en el fondo. La corriente encontró de pronto una nueva resistencia, la barca se giró al principio un poco, se encabrioló, salí despedido, el remo dijo que el no iba a ser menos y también salió despedido y el bidón impermeable muerto de envidia se fue disparado de sus sujeciones. El resto del rápido lo hice rebotando contra las rocas, cuando llegué a la zona calmada, estaba razonablemente bien. Una mujer mayor extranjera se acercó y me preguntó que si estaba bien, "Hasta que la he visto hacer el rápido sin problemas estaba mejor".

Tras esto el río se calmó, ya no había rápidos. Solo agua calmada, es más seguro pero implica remar, remar y remar. Eran ya más de cuatro horas, la mayoría de las barcas se habían quedado atrás pero nosotros teníamos recorrido más largo. El agua parecía de la densidad de la miel, era como si el río le hubiera parecido que el mar estaba fresquito y hubiera decidido volverse. Los últimos kilómetros fueron como una pesadilla, ni pajaros ni mosquitos ni leches, solo remar.

Cuando salimos del agua nos dimos cuenta de que no nos habíamos puesto protección solar en todas las partes necesarias. Las espinillas habían estado continuamente cubiertas con un poco de agua y bajo un sol de justicia. Estaban al punto. Era como si le hubieramos robado las patas a una langosta. Los días siguientes nos acordamos del río, del sol y de la crema solar. Un consejo el after shave del mercadona de Aloe Vera es muy bueno para las quemaduras, imaginad el nivel para llegar a probar el after shave en las piernas.

Se que ahora no cogería un kayak de nuevo, pero cuando llegue agosto, cuando llegue agosto como si fuera un pato que emigra a tierras más calidas, como si fuera un lemming que se suicida tirandose por el precipicio, volveré a buscar donde puedo ir a remar, está en mi adn.

1 comentario:

Pedro cespedes dijo...

Pues pasate por el chorro en malaga!!